lunes, 16 de diciembre de 2019

Fractura


El otro

Se invento una cara.

                                     Detrás de ella

vivió, murió y resucitó

muchas veces.

                                      Su cara

hoy tiene las arrugas de esa cara.

Sus arrugas no tienen cara.

Octavio Paz

 

No puede dormir. Es la ansiedad a presentación de mañana y la posibilidad del ascenso. Es la ansiedad por el efecto de la pastilla. Te cambiará la vida, promete el pequeño frasco. Un ruido, como de cientos de pequeños pasos, lo levantan de la cama. Siente un cosquilleo en sus orejas. El ruido se acrecienta. Siente pequeños pasos en su rostro. Tantea su camino hasta el baño, enciende la luz, se mira en el espejo. Diminutos humanos recorren su rostro, acomodando la posición de sus ojos, perfilando su nariz, estilizando sus orejas y su mentón. Todo lo hacen mientras emiten un suave sonido como una risita. Las criaturas terminan rápidamente de acomodar el rostro y retornan enfiladas a los oídos del hombre que se observa estupefacto. Simula, sin éxito, una sonrisa. Escucha un crujido. Surge una pequeña fractura cerca de su oreja derecha. La toca pero no pasa nada, solo queda la cicatriz. Le cuesta reconocerse, ahí debajo de ese otro rostro. Piensa en soluciones, pero el frasco no dice nada. Se acuesta, pensando en que quizás nadie notará la diferencia.
Suena la alarma. Se baña, se viste, desayuna, todo corriendo. Entra a la sala de reuniones. Hay un silencio. Cree que le van a decir algo, pero solo lo miran expectantes. Su jefe mira su teléfono, aburrido. El hombre inicia la presentación. Su voz es más firme. Lanza un par de chistes que son bien recibidos por la audiencia, incluso por la colega que también busca el ascenso. Preguntas, dice para finalizar la presentación. Aplausos. Incluso su jefe se muestra satisfecho. Intenta sonreír, cree que su rostro se va a fracturar por completo. Inventa una excusa y se escabulle al baño. Su rostro, el otro rostro, está intacto. Respira profundo. Intenta sonreír, pero no puede. Es decir, el otro rostro sonríe pero no es su sonrisa. Decide simular.
Durante el resto de la semana todo el mundo lo trata como otro, como el otro que seguramente es el otro rostro. Se pasa el día fingiendo las expresiones de ese otro rostro. A veces puede adelantarse, mejorando la calidad de sus reacciones. Aprende a reconocer las intenciones de los otros, lo que le permite expresarse a través del otro rostro. Poco a poco, el otro rostro domina el ambiente de la oficina. 
Todo marcha estupendo. 
El jefe lo convoca a una reunión junto a su colega. Va a anunciar quien se quedará con el ascenso. Lo nombran. La mujer estalla. Mueve los brazos, grita palabras inentendibles, su boca se llena de saburra, sus ojos se desbocan. Se lanza sobre el hombre que reacciona empujándola. Se escucha un crujido: el rostro de la mujer se fractura por completo, dejando al descubierto una masa de pliegues deformes cubiertos de mucosidad. Pequeños humanoides emergen de lo que fueran los oídos de la mujer e intentan componer el rostro. El hombre escucha un suave quejido, como si las criaturitas lloraran. El otro rostro reacciona, intentando sonreír, pero el hombre no puede aplacar su espanto ante el aspecto de la mujer. Quiere gritar con todas sus fuerzas. El otro rostro se resiste. Se lleva las manos a su rostro, al otro rostro. Escucha un crujido.

martes, 12 de diciembre de 2017

Silla de marfil



Es la última siesta corta antes de salir a escena. Sus pestañas, sus párpados, sus arrugas, las arrugas de sus arrugas pesan. Sus huesos gruesos, su piel que ha aguantado miles de comentarios e injurias pesan. Todo pesa antes de terminar el show. Se siente como un elefante embutido en un sillón rojo, el sillón más pequeño que los idiotas de producción pudieron encontrar. Sin duda soy el último elefante de la televisión nacional, reflexiona, nadie puede lo que yo he soportado estos largos y tremendos años, no, no se lo imaginan, claro que no, no. Lentamente, sintiendo cada uno de sus músculos y sus gastadas articulaciones, endereza su tronco superior, se gira, pone sus pies sobre la alfombra. Sus rodillas crujen. Tienen que soportar. Son tan solo unos minutos, decir unas cuantas cosas, gritar de la manera más desagradable posible y, extendiendo el brazo y apuntando a los que se pudren, emocionar. Solo unos minutos, se repite. Y por cada minuto, una pastilla. Se estira con dificultad para alcanzar el frasco que está sobre la mesa blanca y redonda, donde también reposa el improvisado guion con las entradas y salidas de los artistas, acompañado de una fotografía por si olvida sus nombres. Toma las pastillas, busca el agua que esta sobre el largo mesón de maquillaje. Se detiene a observar sus arrugas gruesas, sus ojos rojos, sus dientes amarillos, sus mejillas largas y tristes que ocultan cualquier posibilidad de cuello. Una vida llena de logros no detuvo la vejez, piensa. Se queda con la satisfacción de que lo hizo por sus hijos, y los hijos de estos, y los de estos y así por muchas generaciones. Nunca les faltará nada.

Apenas respira, apenas traga las pastillas, apenas se pone los zapatos, apenas logra fingir una sonrisa, un poco de voluntad. El peso es demasiado. La escalera que forma su descendencia comienza a tambalear ¿Y si lo confiesa todo? Sonríe. Eso nunca pasará. Solo tiene que hacer que pase rápido, como siempre lo ha hecho. Las luces lo facilitan todo. Las alargadas piernas de las bailarinas lo resuelven todo. Pueden hasta tapar el sol. O más bien los charcos de sangre y los negocios inmundos. No hay nada que el cuerpo de una mujer hermosa no pueda ocultar. 

Respira profundo. Intenta abrir los ojos. Sonido de arpas, voces celestiales. Debe hacer lo suyo, dejar patente su nombre en el escenario una vez más. Imagina cada una de las sonrisas, de las miradas llenas de esperanza, de los otros que han intentado quitarle su trono o alguna de sus frases. Patéticos. Los otros, los pequeños. Chivos expiatorios, monigotes de mi espectáculo. 

La música asciende en el exterior. Mira en la televisión Siente como la sangre retumba en sus orejas, una energía divina lo imbuye todo. Y un silencio. El silencio que siente en su interior antes de subir al escenario. Todo se vuelve liviano. Es un huracán. Arrasará con todo, se llevará a todas las mujeres, dejará al público exaltado, será portada de revistas, mañana será un día mejor. Ha hecho de este pequeño país un lugar mejor, sin duda alguna. Según él, claro está. Todos han bailado a su ritmo. Se lo han perdonado todo, hasta ese caso de abuso o acoso, ya no se acuerda entre tanto polvo levantado. Tiene otras cosas en las que enfocarse ahora, mientras lo suben entre dos tipos –que perfectamente podrían ser gorilas- al escenario. Le pasan un micrófono, pastillas, una inyección y un corto de whisky por si acaso. Le gritan, aplauden. Grita de vuelta. Todos lo miran, todos le ponen la máxima atención. Los platillos suenan a lo lejos. Todo da vueltas a su alrededor. Lee el número. Es una cifra astronómica, como el diámetro de la tierra, la energía del sol, la suma del peso de los planetas del sistema solar, la distancia al borde del universo. No lo sabe. Solo piensa en su tajada, en la parte que se va como “gastos operacionales”. Tambores, platillos, redobles. Grita la cifra una y otra vez, las voces de los monigotes se integran en un desordenado coro. Se mueve de un lado a otro, con su cuello tieso, su brazo izquierdo estirado. Es un robot. Las pastillas se desintegran en su estómago, los componentes activos atraviesan paredes, se integran al torrente sanguíneo y se reparten por los órganos, activando procesos enzimáticos, revitalizando células, impulsando el viejo y ambicioso corazón del elefante. Dice, o más bien grita, muchas cosas. A todo el mundo le encanta escucharlo gritar. Es como si te pegaran en la cabeza con un remo y luego te golpearan en el suelo y te llovieran humillaciones varias por ser feo, narigón, cabezón, gordo, o no muy gordo, o flaco, o cualquier cosa porque todo es razón de burla, de un trompetazo en el oído como castigo en un juicio público al que te sometiste voluntariamente ante la posibilidad de ganar un auto o un poco de plata para no sé, no importa. Las burlas siguen ahí. Él tiene el dinero, puede hacer lo que se le plazca, como pedir más dinero. 

Cae el cotillón, fuegos artificiales que explotan como el alcohol en su sangre y la inyección de adrenalina con una dosis que pondría de cabeza a un caballo. Tranquilidad es el elefante, es el último. Es animal a punto de quedar extinto. Es un mamut. De pronto todo le parece lejano, como si estuviese muy al principio del tiempo, como si fuera efectivamente ese mamut que mira al elefante con extrañeza. En eso me convertí, se increpa. Todo ocurre en cámara lenta. Las sonrisas y llantos de alegría se congelan en extrañas y desagradables muecas. Les quiere decir algo, burlarse de ellos por sus caras de espanto, pero se siente sofocado. Intenta aflojarse el cuello -cosa nunca antes vista en televisión- y no puede. Sus brazos están tiesos. Algo lo quema, algo lo lleva al suelo. Siente el increíble peso de su cabeza que lo lleva directo a un abismo. Ve eso que todos ven –sensación mundana y pequeña, casi vulgar-, ve su vida pasar, los primeros eventos que animaba en sus ratos libres, entre hilos y ropas; imágenes en blanco y negro proyectadas en un televisor de madera; sus viajes por el país que luego serían por el mundo; las reuniones a oscuras con soldados sin nombre; la picardía del chileno en el escenario extranjero; los negocios, la familia, sus amigos entrampados en casos de corrupción; el personaje televisivo solapado con el hombre que surge cuando se apagan las luces, el hombre oscuro, calculador e incluso tímido que se maneja a sí mismo como un títere para satisfacer los deseos del titerero. Siente el infinito cansancio de sus logros, de su éxito. Siente cada uno de sus años transitar por su cuerpo desdoblado. Escucha las cifras acumuladas, la cantidad de personas salvadas, los años, las historias de todas las personas a las que entrevistó, escucha cada uno de sus gritos que terminan, por fin, en un largo grito de desesperación que escapa de los que ahora lo rodean, los que lo levantaron y ahora lo dejan caer en el abismo, un abismo que nombrará una calle o, con algo de suerte, una avenida. 

Finalmente cae al suelo. Ve como una sombra oscura toca una trompeta mientras los monigotes se pelean por su micrófono que rueda por el escenario.

sábado, 19 de agosto de 2017

A.M.I.G.O.S.

I

Están sentados tomando café. Ross, que está en el sillón de la derecha, cuenta algo aburrido sobre su trabajo, algo sobre dinosaurios, huesos, millones de años atrás, una pieza que determinó diferencias evolutivas entre especies similares. Ante los ronquidos de Joey que se balancea en una de las sillas, Ross lo compara con un neardenthal (Y así es como se escucha un hombre neardenthal). Phoebe lo interrumpe con un comentario mordaz a la vez que inocente directo al ego del doctor Geller (Al menos el es un hombre de verdad). Silencio. Mónica abre la conversación recordándoles la proximidad del cumpleaños de Rachel. Acuerdan con desgano que irán a cenar a un lugar elegante. Chandler mira a todos como si no los soportará, toma cantidades descomunales de café, acomoda el cuello de su camisa constantemente, cambia de posición, suda, cuenta le mismo chiste una y otra vez (porqué el pato Donald usa toalla al salir de la ducha pero nunca usa pantalones), se limpia la nariz constantemente, babea, su boca se pone lechosa mientras piensa en café en un río de café, en café saliendo por sus orejas. Ross ordena a Rachel que le traiga un yogur helado,. Mónica golpea a Chandler en la espalda, pero el tipo simplemente no se detiene. El pato Donald, la toalla, la ausencia de pantalones. Joey aprovecha el desastre y devora todo lo que hay en la mesa. Mónica, desesperada, eleva su voz, intentando organizar el cumpleaños de su amiga. Ross le ordena a Rachel que le traiga sushi. Ross le ordena a Rachel que le traiga pastel de jaiba. Rachel llora (en realidad pone sus manos sobre su rostro, cubriendo sus ojos, fingiendo un lastimero llanto). Se tambalea, parece que va a derrumbarse. Los pezones de Rachel. Phoebe se levanta, se pueden callar por la cresta, miren lo que le están haciendo a Chandler (Chandler muerde su brazo, sangra). Risas.

Donald Trump entra al café. Risas, vítores. Mira a Chandler y Mónica y dice algo sobre un ascensor. Los aludidos se miran con incomodidad. Joey lo entiende, se tapa la boca. Chandler hace una mueca. Phoebe no puede creer que hayan apoyado al supremacista blanco. Risas. La rubia se lanza sobre el presidente y lo golpea con su guitarra. Más risas. Trump cae detrás del sofa. Se ve un charco de sangre y algunos de sus sesos. Phoebe jadea. Ross convulsiona, lleva su mano empuñada a su boca, intenta aguantar, lo intenta con fuerza, pero no es suficiente, vomita. Mónica le dice que sea un hombre, que se detenga. Vamos! El vómito de Ross se torna rojizo. Es sangre. Se cae de espaldas, se ahoga. Gunther sonríe, esconde un frasco de color ámbar y se acerca a Rachel. La toma por el brazo y la arrastra a la puerta detrás del cuerpo de Ross que ha dejado de respirar. Joey comienza a vomitar. Su vómito, principalmente comida, termina por ponerse rojizo. Joey cae de espaldas. Antes de abrir la puerta, Gunther besa a Rachel. Es un beso lento y asqueroso, comandado por una lengua torpe y babosa. Abre la puerta de una patada. Descienden. Risas, aplausos. Chandler aparta las cosas de la mesa. Saca cocaína. Jala, jala, jala. ¿Podría estar más duro?, grita mientras las venas de su cuello y rostro se hinchan.

En la escena final, Phoebe toca su guitarra ensangrentada. La canción es sobre los hediondos sesos de Trump, su peinado ridículo y su temperamento irascible. Mónica saca de su cartera un par de guantes de goma y una esponja, limpia, acomoda los cuerpos de Joey y Ross en sus respectivos lugares. Mira los sesos de Trump y suspira. Chandler corre en la calle. El pato Donald, el presidente Donald, repite incesantemente. Una de las venas de su cuello explota.



II

El siguiente capítulo es más largo. Una pareja afroamericana está sentada en el sofá principal. Insinúan un beso. Los amigos entran al café, discuten sobre el servicio de un restaurante que visitaron la noche anterior. Rachel dice que la comida era buena porque habían muchos chinos en el lugar, tal como tu dijiste Mónica. Era un restaurante italiano. Dije eso porque era un restaurante de comida china. Risas. Los pezones de Rachel. Miran a la pareja afroamericana despectivamente. Chandler les indica con la mano que deben irse (oh, no, no, no, no). Chandler hace una mueca.

Intro.

Joey seduce a una menor de edad. Chandler y Mónica miran un cuadro. Phoebe enseña técnicas sexuales a un mojigato Ross que no se atreve a decir clítoris. Rachel se pierde en una librería.



III

Phoebe está detenida por vender drogas. Oh no. Se repite la historia, les dice a sus amigos que la van a visitar a la cárcel. La canción del gato es sobre mi madre, sobre como estaba perdida y abandonada, maltratada y drogada, indiferente ante su propia aura de destrucción. Nunca fue su culpa. Finalmente se tuvo que hacer cargo de dos hijas que no eran suyas, mientras el amor de su vida volvía a serle esquiva. Y luego estaba este tipo que también se fue. No sé cuanto tiempo estuvo en esa cocina esperando a que este tipo volviera. Se rodeo de comida putrefacta. Úrsula iba y venía con la droga. Yo no podía hacer nada. Y su muerte nos dejo ese olor, una mezcla de olor a gas y carne podrida. ¿Han visto como se pudre la carne? Fue cuando retiraron su cuerpo que nos dimos cuenta que el refrigerador estaba malo. Casi no me puedo acercar a una cocina. El olor de la muerte está aquí, en mi nariz. Phoebe se desespera, su voz se pone aguda, sacude sus manos. El refrigerador era marca Regina. La gendarme se lleva a Phoebe. Boo, de Orange is the new black, abraza a Phoebe y la conduce al interior de la prisión (season 2, the lesbian wedding).

Risas.

Intro.

Hay un chiste sobre sexo: Rachel le recuerda a Chandler su impotencia sexual.

Toman café. Todos tiemblan, todos al borde del abismo. Los ánimos están por el suelo. No se soportan. La falta de química entre los amigos es obvia e inevitable. Quizás otro millón de dólares solucionaría las cosas, piensa Mónica. El ruido de las cucharas contra las tazas va en aumento. Un par de hombres conversan en la mesa detrás del sofá principal. Uno de ellos tuvo un sueño sobre Central Perk, sobre estar sentados ahí mismo, que unos tipos conversaban sobre algo pero lo cierto es que no conversaban sobre nada, torbellinos de palabras atropellándose unas a otras, para evitar el vacío de tomar café día tras día esperando algo como una chica ardiente o un hombre que no le tema al compromiso. Se toma la cabeza, llora.

Chandler cuenta un chiste sobre cerdos y el matrimonio, Joey intenta ligar con una mujer que resulta transexual (¿Cómo va?), Ross mira un punto en el infinito con la boca abierta, Rachel pasa rápidamente las páginas de una revista de ciencias. Mónica se levanta, mira el suelo.

Mónica:
-Ya no los soporto. No aguanto esta mentira. No soporto que vayan a mi departamento y se lo coman todo y desordenen todo y dejen su porquería en mi baño como si no les importara una mierda como me parto el culo para que este todo correcto y fantástico y maravilloso para que puedan pasar el rato y por si fuera poco me traten de neurótica de obsesiva de loca culia’ y que después me obliguen a meterme con puros sacos de wea y que finalmente me tenga que casar con el Chandler el famoso sarcástico eyaculador precoz homosexual reprimido adicto a la cocaína al que no le gusta el pavo porque está mas traumado que la cresta pavo pavo pavo siempre tengo que cocinar pavo o cualquier cosa porque ninguno sabe cocinar y porque se supone que me gusta cocinar y complacerlos porque era gorda y tengo el autoestima baja y necesito ordenar a la gente a mi alrededor basta de esto de andar acostándome con imbéciles de querer tener hijos de querer ser feliz de querer ser perfecta de que mi mamá sea otra loca culiá yo no seré su mamá. Se desmaya. Rachel tiene un ataque de hipo. Los pezones de Rachel.

El departamento de Ross y Rachel discuten.

Ross: Hey… tengo derechos… soy un doctor.

Rachel: No eres un doctor real. Debes criar a tu hija.

Ross: ¿Cuál…eh... cuál hija?

Rachel: La que está aquí, en el corral. Estúpido de pelo engominado.

Ross: ¡Hey! No hables así de mi cabello… es solo que… es así por… por una enfermedad… un problema médico.

Rachel: ¿eso te dijo tu pediatra? Como sea, debes cuidarla. Tengo derechos también y necesidades. Soy una mujer, una profesional. Tienes que entenderlo, Ross.

Ross: ¿Qué? Rachel, ¿de qué bebé me estas hablando? Y, vamos, ¿mujer profesional? Trabajas en moda, por favor, a nadie le importa, la moda.

Rachel: MIRA. Aquí está tu hija, en el corral. Ema. E-M-A. Uno pensaría que alguien que se hace llamar doctor es más inteligente.

Ross: El corral está vacío. Lleva meses vacíos. Ni siquiera sé porque está aquí. Deberíamos… eh… deberíamos sacarlo o algo.

(Un par de tramoyas sacan el corral. Rachel llora desconsoladamente).

Ross: Realmente... lloras por todo Rachel.

Rachel: Basta. Ross, por favor detente. Mi bebé. Mi bebé.

(Rachel intenta dejar el set. Mira el techo falso, la ventana falsa, la puerta que lleva a un pasillo falso, el muro falso en donde están las cámaras. Entiende que no puede salir. Llora, cae, se abraza a si misma.

Ross: ¡ESTABAMOS SEPARADOS!

Ross da un portazo. Risas.

El departamento de Joey y Chandler. Están alrededor de la mesa de futbolito. Contemplan en silencio a los jugadores de madera. No levantan la mirada. Joey toca a algunos jugadores para asegurarse de que no son reales.

Chandler: La chica estaba borracha. No te importó.

Joey: ¡Hey! Yo también estaba borracho (Risas). Y tú... (eleva la voz, levanta la mirada y apunta a Chandler) tú me ayudaste a subirla hasta el departamento. (Risas).

Chandler: Una situación totalmente diferente (Risas).

Joey: ¡Y te quedaste a mirar!

Chandler: (abre sus brazos, agita sus manos levemente) quería asegurarme de que ella estaba bien, ¿okey? La chica estaba a punto de vomitar todo el lugar. Piensa en el desastre, piensa en lo que podría haber terminado comiendo el pato (cuac, cuac). (Risas).

Joey: No me trates como si fuera un irresponsable. Las chicas vienen, se divierten (sonríe), les das desayuno y se van. Yo las divierto y tu les das desayuno.(Risas). Ese es el trato.

Chandler (mete sus manos a sus bolsillos, se desliza a una silla) Bueno, alguien tiene que dejarlas satisfechas.

(Phoebe entra al departamento. Aún viste como rea.)

Phoebe: Hay una chica llorando el pasillo.

(Chandler mira inquisidoramente a Joey).

Chandler: ¿Entonces?

Phoebe: Dijo que no le había gustado el desayuno.

(Joey cruza los brazos, sonríe. Risas.)

Las chicas están en el departamento de Mónica. Mónica consuela a Rachel que mece a un bebé imaginario. Su ropa está desgarrada, parece que alguien la golpeo. En la terraza, Phoebe ensaya una triste canción sobre su paso por la cárcel y su amorío con Boo.

Mónica: Nunca tendremos libertad. Terminaremos casadas con algún actor de comedia o algo así y seremos adictas a los batidos de frutas y verduras. De todas formas yo siempre cuidaré de ti. Te amo

Rachel llora.

Mónica acaricia a Rachel, despeja el cabello de su rostro abrumado. Se miran con ternura. Rachel toca la mejilla de Mónica. La distancia que hay entre sus labios parece infinita e inquebrantable. Se acercan lentamente. Silencio.

Los chicos entran excitados, aplauden, aúllan. Joey les dice que tienen porno gratis, apunta hacia su departamento. Se escuchan gemidos que se transforman en lamentos. Phoebe se deja caer al vacío. Los chicos corren al balcón como si pudieran hacer algo. Rachel toma la mano de Mónica con fuerza. Su sonrisa es hermosa. Caminan a la puerta y dejan sus llaves en el plato en donde también reposa la llave de Phoebe. Dejan el lugar.

Los chicos miran el cuerpo de Phoebe que yace en la calle junto a su guitarra. Algunas palomas se acercan. Alguien grita oh-dios-mío. Es Janice. Levanta la vista hacia el balcón. Chandler hace una mueca, corre al interior, tropieza con una alfombra y estrella su cabeza contra un muro. Se escucha el sonido de su cuello rompiéndose. El rostro queda paralizado en una mueca eterna. Ross da un grito ensordecedor. Joey le de un palmetazo. Qué vamos a hacer, le pregunta. Ross le dice que espere, que tiene un plan. Ross deja su llave en el plato, corre desesperadamente, riéndose del inocente de Joey. Tropieza en las escaleras. Se escucha el sonido de su cuello rompiéndose.

Joey está sentado en la mesa. Come lasaña. Parece que no se ha bañado en días. Mira el vacío. Me han tratado como si fuera la mascota del grupo, su perro. Me dicen que hacer, me dejan en un lugar u otro, me tratan como si no pudiera controlar mi instinto, como si me montara en todas las mujeres que veo. Por si fuera poco esperan que los defienda cuando las cosas se ponen feas. También me dan sus sobras. Me gustan las sobras. Ross aún no vuelve. Suena su celular. Es Estelle. Hay una audición de un rol protagónico en una serie cómica sobre unos amigos que viven en Los Angeles. Uno de ellos es paleontólogo. Joey no sabe lo que es un paleontólogo. Cree que ha escuchado esa palabra. O quizás no. Aún tiene hambre. Se pregunta si quedará algo en su departamento. Dejo algo de pollo frito en los sillones. Se levanta. Ve las llaves en el plato. Las toma sonriendo como si fuera un niño que acaba de encontrar un tesoro.

El gallo y el pato picotean el cuerpo de Chandler.

miércoles, 16 de agosto de 2017

esperamos demasiado del mundo

I.
Amanecí melancólico
(el trabajo me pone así)
espero el mundo sea algo mejor
cuando cruces

hoy
guerras,
hambres,
asesinatos,
y violaciones
engrosan la lista de las cosas que a los padres no nos gusta
mencionar (o recordar
a mitad de la noche
despiertos en medio de un sueño,
anhelando el pecho materno,
tinieblas)

La oscuridad está acá.

Somos parte de ese monstruo
que a juega a devorarse a si mismo.

Siento decirte que,
por como están las cosas, repito,
deberás definir amor y crueldad
felicidad y depresión,
Espero, aún, que algunas de estas palabras, de nuestras palabras
caigan en el olvido,
o bien,
sean debidamente clausuradas.

Por último:
es difícil evitar el sufrimiento
(un monstruo que lame cuchillos con placer)
pero,
como dice tu madre,
a diferencia del dolor, el sufrimiento
es opcional.

II.
(por) Ser,
solo puedo ofrecerte mis manos,
mi pequeña memoria,
mi disposición a escuchar tu llanto,
mi paciencia que hoy tu hermana día a día entrena y extiende
una cama cómoda, comida, agua, calor humano 
y la dudosa posibilidad de un cielo azul
abro los brazos
y enmudezco.

viernes, 14 de julio de 2017

Encender una hoguera III

Llevan 3 semanas a medio dormir. Algunas tienen insomnio. Otras ya no distinguen la noche del día. Todo es una gran pantalla y al final una delgada línea intermitente que espera el siguiente carácter. D no lo soporta, arroja cualquier objeto a su alcance. V calma a las demás. No tiene sentido grita D desde afuera. Se coloca los parches detrás de la oreja y la música comienza a fluir. Camina a ninguna parte. Caminar nos ayuda a calmarnos le dijo su padre una vez. Ahora D piensa que la ciudad no tiene suficientes calles. La frustra la presión de V y la sobreprotección del contacto. Quiere independencia, quiere destruirlo todo. Llega a la cafetería que hackeo poco después del castillo. Otro bot administra el local.

También pensó que destruir el registro de votantes era una locura, pero ya no había marcha atrás. Deberíamos volver a acciones locales, a trabajar con la gente le dijo A, pero V insiste en lo le parece grande. No puede dejarlo. Esto es más grande que ellas, esto va cambiar las cosas. Fracturaremos la democracia. L dice que no se olviden de los que han tomado presos, que deberían estar trabajando para liberarlos. Ya estamos en esto, replica A. No podemos desviarnos por algo que nos dijeron que pasaría. No nos vamos a poner sentimentales ahora. Inmediatamente L se levanta junto a otras. Hay que descansar dicen. V y A quedan solas. V aprieta sus dientes. Y llora como cuando su padre se fue. Llora con esa frustración del vacío que existe inevitablemente entre las personas, esa barrera que siempre nos separara del resto porque no sabemos lo que queremos porque somos idiotas y egoístas como su padre que se fue con la compañera de trabajo porque siempre se habían amado pero él estaba confundido y no quería dejar a su madre pero lo cierto es que no sabía y su madre tampoco porque vivía inventando castillos en el aire para salir adelante, salir a alguna parte, se fue y V se encerró y consiguió pantallas que siguieran sus órdenes al pie de la letra, programación, programación, computadoras sin barreras. A la abraza con ternura, pero V está en lo más profundo de su cabeza, programando. Sirenas. Helidrones rompen las precarias ventanas del departamento que ocupan en el piso 1 del edificio a medio construir. Caen al suelo: el sonido es insoportable.

Esto me hace pensar en Francia, dice Henry Boys, mirando la televisión junto a Axel su compañero de tantas batallas. Llenaremos las cárceles nuevamente y luego el resto. Solo debemos apoyar al gobierno, mostrar unidad, suavizar las cosas. El enemigo está ahí, en alguna parte. Luego quemaremos el bosque. Ya lo hemos hecho, cientos de veces. ¿Cuantas veces quemamos la Araucanía? He perdido la cuenta. Después nos repartiremos la tierra. Cada uno con sus dioses. Haz vuelto a hablar con Girardi. El hace lo suyo, lo nosotros lo nuestro. Cobraste. Ya no sé quién nos paga, cambian su nombre todas las semanas. Las corporaciones son así, el progreso es dinámico y óptimo. No te pongas religioso conmigo, soy hombre de fe cristiana. Por suerte todo tiene su precio. De eso se trata el cristianismo, la economía te ha dejado solo con números.

Una llamada. Tenemos un problema: una de las células ha sido desbaratada. ¿Cuál? La de los registros electorales.

Un bosque, una casa de hormigón, ventanales, panales solares, un río, una pequeña cascada. Un grupo de ancianos piensa en el mañana. Saben que habrá un mañana para ellos. Uno de ellos tiene un pulmón artificial, otro tiene un hígado criado en un cerdo de laboratorio. Es difícil ordenar las cosas, dejar a todos tranquilos dice uno. Nadie sabe lo que quiere. Nosotros apenas lo tenemos claro. Silencio, miradas en el infinito.

La tensión es clara, apenas la superan por los años de amistad, por los matrimonios de sus hijos, por los nietos comunes, por los apellidos que se repiten. Odian la dependencia que tienen hacia el otro. No confían en nadie. Por eso tienen todo lo que tienen. Suena el teléfono. Es uno antiguo. Lo cierto es que es inalámbrico y está conectado a uno de los tantos satélites fantasmas que rodean la tierra. Un senador intentando mantener la calma.

Bruma.

V escucha una voz. Al principio no quiere escuchar nada, ni siquiera quiere estar en su cuerpo. Piensa en comandos. Voces, voces que son gritos. Una mano la sacude. La voz de esa mano le dice que se levante. Es D.